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El «olor a lluvia» ¿Mito o realidad?

Las lluvias de verano se sienten mucho antes de que empiecen a caer las primeras gotas, de manera premonitoria podemos sentir ese «aroma» que se percibe en el aire. Los más nostálgicos y melancólicos afirman que existe y les despierta recuerdos, los detractores sostienen que no es cierto ¿Es real este fenómeno? ¿Hay una palabra para nombrarlo? ¿Por qué hay amantes de este «olor»?

«Olor a lluvia». Probablemente, sea una de las fragancias que más emociones y recuerdos genere. La infancia, la casa familiar, las vacaciones, la tierra mojada, padres, madres, abuelos… por alguna razón todo esto cabe dentro de la memoria olfativa. Muchas veces escuchamos esa suerte de predicción que habla del «olor a lluvia» y que, en el campo, se vincula a una inminente tormenta. Una vez que llega el agua, en tanto, se da paso al «olor a tierra mojada», destinatario también de múltiples elogios.

Ahora bien, ¿Existe un término que denomine el «olor a lluvia»? Para la Real Academia Española (RAE), la palabra que más se asemeja a esta percepción es «petricor». La misma se registra como una adecuación del inglés “petrichor”, en referencia a este aroma, según detalló Sylvia Johnson, la especialista de la plataforma de idiomas Preply. El término fue acuñado por los científicos Isabel Joy Bear y Richard Thomas en el año 1964 en la revista Nature.

Según la experta en idiomas de Preply: “La palabra proviene del griego ‘petros’, que significa ‘piedra’, e ‘ichor’, que significa ‘el fluido que fluye en las venas de los dioses’”. Por su parte, desde la RAE aclararon que, sin bien la palabra “petricor” aún no fue recogida en el Diccionario de la Lengua Española, ya existe una propuesta de incorporación en estudio.

EL OLOR A LLUVIA ¿EXISTE?

El agua de lluvia, en realidad, no huele a nada. El olor proviene de una combinación de elementos lo que logra este aroma tan característico. Bear y Thomas ya anticipaban qué bacterias, plantas y sustancias participaban del proceso.

Este “olor a lluvia” se origina a partir de la combinación de aceites liberados por las plantas durante períodos de sequía y bacterias presentes en el suelo, conocida como geosmina. Estos aceites y bacterias atrapan diminutas burbujas de aire que contienen los productos químicos de la superficie. Posteriormente, estas burbujas rebotan en el aire, explotan y liberan aerosoles que llevan consigo las esencias de la geosmina y el “petricor”.

Por su parte, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts afirmaron en 2015 que la fragancia asociada a la lluvia surge tras un mecanismo que comienza cuando una gota de lluvia golpea una superficie porosa y atrapa pequeñas burbujas de aire en el punto de contacto. Los científicos descubrieron, utilizando cámaras de alta velocidad, que, como en una copa de champán, las burbujas se disparan hacia arriba y finalmente estallan en forma de aerosoles.

Estos mismos investigadores sospechan que en ambientes naturales, los aerosoles pueden transportar elementos aromáticos, junto con bacterias y virus almacenados en el suelo. Estos aerosoles pueden liberarse durante lluvias ligeras o moderadas y luego propagarse mediante ráfagas de viento.

¿POR QUÉ NOS GUSTA EL OLOR A LLUVIA?

Este “petricor” que la RAE aún no incluye en sus páginas oficiales tiene un profundo sentido emocional. Según expertos, los olores activan una conexión neuronal en el cerebro tan rápido como lo hacen, por ejemplo, las emociones. El olfato está conectado directamente con las áreas del cerebro encargadas del desarrollo y la gestión de los estados emocionales. Así, es posible que el reconocimiento de ciertos perfumes active zonas del cerebro con estructuras antiguas.

Desde la antropología aseguran que el furor por el “olor a lluvia” se debe a una cuestión ancestral y evolutiva, cuando esto anticipaba el fin de la sequía, ya que con las precipitaciones las chances de supervivencia aumentaban, de la mano de los cultivos.

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