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Lo abandonaron de bebé en una caja de cartón, fue adoptado en Fuerte Apache y hoy brilla como drag queen: “Soy gay, marrón y del Conurbano”

Somos desde que tenemos memoria. Y no parece casual que el recuerdo inaugural de su vida se remonte a cuando, de la mano de sus padres adoptivos, entró por primera vez a ese barrio de monoblocks interminables y pasillos laberínticos de Ciudadela, sintiendo la calidez y la solidaridad de los vecinos.

Atrás quedaban los años en el orfanato, de los que no tiene registro ni imagen alguna. En cambio, a partir de aquel día, Fuerte Apache se convertiría -justamente- en su fortaleza. Y ese departamento, en su casa. Aun en las carencias, sin que existiera el agua caliente. O con su mamá, Nélida, auxiliar de portería, y su papá, Juan, vendedor ambulante, cenando apenas mate para que su hijo comiera arroz. Y pese a que sus amiguitos del colegio no quisieran ir a visitarlo.

Por entonces, era Walter Javier. Pero había otra certeza que se empeñaba en sortear la memoria: “Yo siempre fui gay, desde que me mostré al mundo”, dice hoy, con 25 años. El origen de LA QUEEN sí puede precisarlo: “Nació en 2019, cuando quise demostrar que en este país necesitábamos una drag que pise fuerte, que ponga el puño y diga: ‘Che loca, ¡pará! Yo soy gay, marrón y del Conurbano. Yo soy esto. Respetame”.

Ya como LA QUEEN, estuvo en Sex: con la creación de José María Muscari ganó su primer sueldo como artista. También participó de la obra Burlesque, en una temporada de verano en la que pudo cumplir un sueño compartido con su madre: conocer el mar. “Una locura”, recuerda, y se emociona.

LA QUEEN en Fuerte ApacheLA QUEEN en Fuerte Apache

—Bienvenida.

—¡Mi amor! ¡Llegó LA QUEEN! ¡Qué placer estar acá!

—¿Cómo te llamo?

—Ay, qué pregunta… La Queen.

—Queen, Queenie; Walter, porque sos Walter, montada, hecha una bomba atómica…

—¡Una súper estrella! Cuando estoy de La Queen, siempre digo: “Decime Queen, Queencita, Queena; como te sientas cómoda. Obviamente, no me vas a decir Walter porque queda raro…”.

—No veo a Walter.

—Está en el colectivo. Se fue.

—Voy a volver a esta presente de La Queen, pero hay un largo camino recorrido. ¿Puedo ir a Walter de chiquito?

—Por favor.

—Hay una historia de mucha resiliencia.

—Mucha. Cada vez que me miro al espejo veo a ese niño: mis papás biológicos me abandonaron, me dejaron en una caja de cartón y se fueron. Y nunca más miraron para atrás sino que decidieron irse. Y de tanto que grité, tanto que lloré, me encontró una enfermera que se llamaba Reina; por algo me llamo La Queen… Y cuando Reina me encontró, de tanto que yo gritaba parecía que cantaba; esto se lo contó a mi mamá, Nélida, que es quien me adoptó.

Walter Javier con su mamá (Foto: LA QUEEN)Walter Javier con su mamá (Foto: LA QUEEN)

—¿Eras un bebé recién nacido?

—Bebé recién nacido, adentro de una caja, en la puerta de un hospital de Lanús.

—Y Nélida se convierte en tu mamá.

—¡La amo tanto! Mi mamá es el amor de mi vida. Pero costó mucho que me adoptara: ella luchó mucho, pero mucho. Tomando unos mates, Reina le dice como al pasar: “¡No sabés lo que me pasó! Encontré un chico”. Y mamá dijo: “Pará, ¿qué me estás diciendo? Yo quiero adoptarlo y quiero darle una vida a este nene”. Mi mamá, por cuestiones de la vida, no había podido tener más hijos; yo tengo un hermano mayor, mucho más grande. Entonces, con mi papá adoptivo querían tener otro hijo. Y salió así, de la nada, de buscarme.

Walter en su infancia junto a su papá (Foto: LA QUEEN)Walter en su infancia junto a su papá (Foto: LA QUEEN)

—¿Fue difícil tu adopción?

—Uff, fue muy difícil. Muchos obstáculos. Mucho todo. Pero mi mamá no paró. Yo siempre digo que quienes somos adoptados, o no sé cómo decirlo, abandonados…, somos sapos de otro pozo: te das cuenta, lo sentís en tu ser.

—¿A qué edad te enteraste que eras adoptado?

—En séptimo grado. A los 12 años.

—Tus primeros tres años de vida lo pasaste en un orfanato. ¿Recordás algo?

—Nada. El primer recuerdo que yo tengo de mi vida es entrando con mi mamá y mi papá al Fuerte (Apache), al barrio, y escuchando de mis vecinos: “¿Qué necesitan? ¿En qué los podemos ayudar?”.

—¿Cómo fue esa infancia en Fuerte Apache?

—No quiero decir que mi infancia fue fea porque nunca fue fea. Mi infancia fue rara; esa es la palabra. En segundo grado del primario, en un colegio público, ya palpé lo que es la discriminación. Era más que nada por la ropa, porque yo siempre me vestía igual. Me jodían mucho por eso. No me molestaban por ser gay, porque yo siempre fui gay, desde que me mostré al mundo. Y mis papás siempre me dejaron ser, siempre me apoyaron.

—Nunca hubo una duda, ni fue un conflicto.

—Nunca. Nunca estuve adentro del closet, siempre estuve afuera. Nunca sentí la necesidad de ocultarme.

—En ese momento, la discriminación no pasaba por lo sexual.

—No, no. Yo defendía a quienes les hacían bullying, o sea, a los bullies. Los malos no me atacaban a mí, atacaban a otros más débiles, y yo me metía en el medio para defender a esos chicos, porque nadie lo hacía. ¿Quién iba a levantar la voz por otros? Nadie. Bueno, yo sí. Durante un año, todos los días me esperaban a la salida para pegarme, para atacarme por ser como soy, por defender a los demás por ser como son. Y esa resiliencia, y esa fuerza de lo que me fue pasando, es esta fuerza de hoy en día: es esta Queen que defiende y alza la voz por nuestra comunidad. Todo eso que me pasó en una esquina, donde me golpeaban, donde agarraban a este puto para pegarle, y yo decía: “¿Pero por qué? ¿Por qué me buscan a mí? Si yo no le hago mal a nadie”.

—Vos no tenías vergüenza de quien eras.

—No. Y me parece que eso causaba algo.

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—Quiero ir a un momento: tu fiesta de cumpleaños.

—Tremendo.

—Con las falencias que había en esa casa, igual se ponía todo.

—Se ponía todo. A los 9 años invito a mis amigos para que vengan a mi cumpleaños. Llevo una torta y las invitaciones al colegio, les doy a todos mis compañeros, no solo a los de mi curso. Y yo esperaba y esperaba y esperaba, y no venía nadie… Nadie venía a mi casa, nadie tocaba la puerta y decía: “Soy, no sé… Juan, y vengo al cumple de Wal”. No pasaba eso. Yo creía que no me querían por ser así como soy: yo siempre fui un chico gay, ¿entendés? Después me enteraba que en reuniones de padres decían: “No vamos a llevar a nuestro hijo al Fuerte Apache”. Desde ese día no quise hacer más cumpleaños.

—Faltaba entonces desde lo económico.

—Sí. Mucho.

—Y el bullying tenía que ver con eso. Y con crecer en Fuerte Apache, con papás que trabajaban.

—Sí. Y que no estaban.

—¿Y que no estaban?

—Claro. Trabajaban todo el día y yo me quedaba solo. Y en mi soledad, descubrí quién soy.

—Cuando empieza la secundaria, algo cambia.

—Algo cambia en mí: mente, cuerpo y alma. Llegué tarde al primer día del secundario, en el 2011, en el colegio Luis Pasteur, de Devoto, que es hermoso. Y abro la puerta como Wal. Tenía el palo largo, con mucho rulo, mucho, y era: “¡Ay, mi amor, llegué!”, como en cámara lenta para mí. Ya estaban todos en fila para la bandera, y todos hacen así y me miran. Y me dije: “Bueno, estás en el secundario, loca. Te plantás o te quedás sembrada. Elegí vos”. Y fui directo caminando a la fila, diosa. Era un nenito, pero para mí, era un montón eso. Era un acto político. Decir: “Estoy acá”. Y fue muy interesante porque los primeros seis meses todo el colegio, desde las chicas que limpian hasta el directivo, querían saber qué era: si yo era hombre o mujer, ¿entendés? Porque no sabían mi nombre. Nadie sabía que yo me llamaba Walter.

—¿Pero cómo no sabían? Si estaba…

—De chico yo era muy andrógino: vos me ves y no sabés qué soy. Cuando se enteraron mi nombre me calificaron como un chico, y desde ese momento me hice famosa, popular, y aproveché eso para decir: “Voy a hacer algo que a mí me importe, la revolución rosa”.

Fue abandonado de chico y adoptado por una familia de Fuerte ApacheFue abandonado de chico y adoptado por una familia de Fuerte Apache

—Contame sobre esa revolución rosa.

—Era un lugar que lo creé junto a otros chicos, chicas y chiques, y con la profesora María Victoria Arias, mi mamá gay, y otros profesores en materias de ESI, diversidad, perspectivas de género. Y en 2012, no en 2020, eh. Yo, La Queen, les enseñaba a los chicos de primer año a quinto año, para que conocieran que hay otros cuerpos, otros amores, otras realidades. Otros deseos. Que el mundo es diverso. Que somos diversidad. Que eso es la definición de Argentina.

—Hasta ese momento, vos te reconocías como un varón que le gustaban los varones.

—Sí.

—No te sentías mujer.

—No.

—Pero en algún momento te reconocés como no binario. ¿Qué significa?

—En el espectro de la sexualidad, del género, no es que no te sentís identificado: no encajás. En esa construcción social y cultural que tenemos de lo binario, yo no encajo. Pero no porque “ah, listo, es un alienígena”; no encajo en lo que nos impusieron a todos. Para mí, eso es una persona no binaria: que en tu espectro fluís. Yo hoy fluyo. No es que “es así y así”; va y viene, va y viene. Para mí, el ser no binario es hasta una metamorfosis. Para que quede claro: no soy un hombre, no soy una mujer; soy no binario.

—¿Qué te pasa con quienes no entienden esto?

—¿Pero qué es lo que hay que entender?

—Hay quienes necesitan encasillar todo el tiempo.

—¿Pero por qué? Vos hacé tu vida que yo hago la mía. Simple, terminó ahí.

LA QUEEN contó que está preparando nueva músicaLA QUEEN contó que está preparando nueva música

—¿Cuánto tiempo te lleva convertirte en LA QUEEN?

—¡Ay! Hoy… uff, casi dos horitas. Hoy. Pero si no, una hora, una hora y media.

—¿Todos los días hacés este laburo o hay días que aparece Walter y se queda Walter?

—No, Wal siempre está en el día a día: es el que cierra los negocios, es mi manager.

—¿Pero son la misma persona?

—Somos la misma persona, pero tenemos esas diferencias.

—O sea: LA QUEEN no es un personaje.

—No sé cómo explicarlo… No sé si La Queen es un personaje o si es una marca, ¿entendés?, pero está arraigada a mí.

—¿Sienten lo mismo Walter y LA QUEEN?

—La respuesta es no. No, no, no. LA QUEEN es más… Esta es mi esencia: esto es lo que soy, lo que yo tengo dentro. LA QUEEN es quien soy por dentro, que no quiere decir que lo que soy por fuera no sea la realidad. No. Soy mis dos versiones. Soy todo. No es que porque dentro soy así o quiero expresarme así.

—Sos vos. No es un personaje para llamar a un show: es una parte tuya sobre la que se puede construir una carrera artística.

—Exacto. Es esa parte de mí…

—Y nació una artista, y una influencer. ¿Y nació una militante?

—Sí. Yo siempre digo no soy una influencer: soy una influencia. La diferencia es que yo no te digo qué hacer, no te digo: “Hola, hoy usen tal cosa”. No. Vos, sé vos. Consumime, claro que sí; escuchá a LA QUEEN, claro que sí. Pero sé vos.

—¿Ganaste plata?

—Gané plata. Con mi primer sueldo, cuando estaba siendo figura en muscari, compré un termotanque para casa, porque en casa no teníamos agua caliente y entonces nos bañábamos con agua fría. Es horrible, no se lo deseo a nadie. Mamá no sabía nada, fue una sorpresa para ella. Todo lo que yo hago siempre es por mi familia, por mi mamá, por mi hogar, por mí.

—¿A veces faltaba para comer en casa?

—Mucho, mucho… Momentos donde comía solo yo. Que para mí, era tremendo, porque hasta yo, en un punto pequeño, lo entendía. Decía: “¿Qué está pasando? ¿Por qué el plato de arroz solo es para mí, y papá y mamá están tomando mate y hablando?”. Y pasaba todos los días, hasta que podíamos comer los tres juntos, pero era uno, dos días a la semana. ¿Qué te puedo decir? Mis papás me dieron todo.

—Y hoy, cuando tu mamá te ve, ¿qué dice?

—¡Uh! Mamá es la número uno. Yo la amo a mi vieja. Ella, ni bien me ve de La Queen, se le ilumina la cara.

En Sex ganó su primer sueldo como artistaEn Sex ganó su primer sueldo como artista

—¿Qué pasa en el Fuerte cuando salís como LA QUEEN?

—Hay momentos en los que te gritan cosas. Lo que te imagines; cosas feas, obviamente. Pero me pasó hace re poquito que estoy caminando por los pasillos del Fuerte y me gritan desde un tercer piso: “¡Vos sos La Queen! Vení, subí que quiero una foto”. Le digo: “Tengo que subir hasta el tercer piso, qué pesado… ¡Bajá vos!”. Y no bajó uno: bajaron 20. Foto, foto, foto. Y me encanta.

—¿Cómo es vivir ahí?

—¿Qué te voy a decir del barrio? El barrio es quien me abrazó. Son quienes realmente me abrazaron. Son quienes me respetan.

—Es tu casa.

—Es mi hogar. El barrio. El Fuerte Apache es mi hogar. Es mi cultura.

—¿Pero te dan ganas de irte?

—Y… me gustaría. Claro que sí. Quiero crecer. Quiero… no sé, soñar con volar más alto. Yo qué sé. ¿Está mal? No creo que esté mal.

—Vos decís algo: “Yo soy puto, marrón y del Conurbano”.

—Exactamente.

—Hablamos del ser puto. Hablamos del Conurbano. Y no hablamos del ser marrón. Y a mí me gusta esa definición porque los argentinos no somos blancos, no somos negros: los argentinos somos marrones.

Ser marrón es ser argentino. Argentina nunca se va a olvidar de la identidad. Nunca. La identidad que quieras, pero la identidad. A mí me toca representar la identidad puto, la identidad marrón y la identidad del Conurbano, del Fuerte Apache. Esa es mi identidad, esa es mi etiqueta, la que yo voy a llevar toda mi vida. Siempre, eh. Aunque viva en un castillo en Europa, o en Australia (risas). Yo voy por todo. Vos me conocés: quiero realities, quiero shows. Me encanta el Bailando. Y sería súper histórico ser la primera drag queen en pisar esa pista. Ser el primer pibe puto del Fuerte Apache que va por todo, y que empezó sin nada.

—¿Qué le decís hoy a ese Walter al que en la esquina del colegio lo agarraban entre varios, que se pudo fortalecer, que pudo luchar por los derechos de otros tantos, pero que en algún momento la pasó mal? ¿Qué le decís cuando mirás para atrás?

—”Resistí. Insistí. Persistí. Está. Está en vos. Sé quién sos. Andá y defendé a ese chico al que le están pegando. Andá y hacé la revolución rosa. Anda y creá La Queen. Hacelo, loca. Hacelo. Por mamá”. Eso le diría.

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